
Es absurdo negar que el deseo forma parte inherente del ser humano desde la infancia hasta el final de sus días, pero abordar ese tema en todas sus etapas siempre ha resultado un asunto espinoso, tan incómodo que incluso es prácticamente inédito en nuestro variado cine. Elena Martín Gimeno se abre en canal en su segunda incursión en la dirección de largometraje y se atreve a retratar y profundizar en la relación de las mujeres con el sexo en la niñez, en la adolescencia y en la edad adulta. Un acercamiento que le ha valido el premio a la mejor película europea de la Quincena de los Realizadores del Festival de Cannes.

La llegada de una pareja a la casa familiar de verano en la que ella, Mía, se ha criado, ahonda en su bloqueo sexual, en el distanciamiento emocional entre ambos y le provoca una recaída en la somatización de una ansiedad en la que la represión y los tabúes adquiridos a lo largo de la vida tienen mucha culpa.
A través de las pesadillas y los recuerdos que atosigan a su protagonista, ella intenta comprender qué le sucede y por qué tiene una relación tan complicada con el sexo, llevando de la mano a los espectadores a algunos momentos cumbre de su adolescencia y de su niñez, donde observamos cómo la sociedad entierra la naturaleza del deseo en capas de negación, de miedo y de culpabilidad.
Al fin y al cabo, cuando desde el Ministerio de Igualdad se creó el eslogan «sola y borracha quiero llegar a casa» no tardaron en surgir numerosas voces que criminalizaban el mensaje al entender que se ensalzaba una actitud «indecorosa» y «peligrosa» para la mujer, en lugar de empatizar con la lucha por la libertad femenina sin tener que temer por posibles agresiones de las que en absoluto la víctima es la responsable.

«Creatura», sin embargo, se aleja de cualquiera de los lugares comunes que uno pudiera imaginarse cuando en el cine se retratan problemáticas del sexo femenino. No estamos ante una película sobre un abuso que provoque un estado posterior de bloqueo, ni tampoco ante una sesión de psicoterapia filmada. Resulta mucho más carnal que eso y profundiza en la incomunicación, la incomprensión y la incomodidad como tres ejes que fluctúan con el tabú y la represión y logran impedir que la educación y aprendizaje sexual acontezcan de un modo sano, bien por esa familia que vive con temor que su niña se haga mayor o pueda tener conductas que la conviertan en fuente de cotilleos, o bien por esos jóvenes que la incitan a dar un paso adelante cuando no está preparada pero también se erigen en jueces de la moral con quien actúa con la misma libertad de la que disponen los chicos.
Elena Martín Gimeno se deja la piel al dirigir, protagonizar y escribir el guion de «Creatura«. En esa labor de escritura ha contado con Clara Roquet («Libertad«) y cabe destacar que las películas de ambas coinciden en la importancia que recibe la relación materno (y paterno también, en este caso) filial de su personaje central. Algunas de las escenas más memorable están coprotagonizadas por Clara Segura y, sobre todo, Álex Brendemühl, quien debería sonar con fuerza para la próxima temporada de premios del cine patrio.

Junto a las destacadas interpretaciones de los padres de Mía, es menester mencionar al siempre convincente Oriol Pla, como ese novio incapaz de manejar la situación que se crea en su relación con la protagonista, y a Cláudia Malagelada y Mila Borrás, como las versiones adolescente e infante, respectivamente, del personaje de Mía.
«Creatura» funciona muy bien también en el apartado visual. Su fotografía, montaje y dirección artística contribuyen a dotar la cinta de un aura enigmático que atrapa al espectador incluso en los momentos en los que puede conectar menos con los actos de su protagonista en la edad adulta. No estamos ante una obra perfecta, pero sí ante un film novedoso, arriesgado, subyugante y siempre atractivo, lo que podría situarla perfectamente como la mejor película española estrenada hasta el momento en este 2023.
Valoración Golden Cinema:
